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viernes, 27 de diciembre de 2013

Con tabaco en los tacones.

Apoyada en el marco de la ventana, donde tenía que ponerme de puntillas para poder sacar la cabeza y respirar el excitante aire frío, saqué un cigarrillo, un majestuoso delgado soldadito de muerte. Me costó sacar el mechero de la cajetilla, demasiado ancho para la misma, y en la penumbra de la noche, entre la lejana luz de las farolas a once pisos de altura, el mechero iluminaba al pálido compañero del insomnio.
Di una profunda calada, disfrutando de la soledad irrumpida por la luna, sin preocupación porque se descubriera mi lento y vicioso suicidio ahumado. Y allí, entre el humo, bajé la vista a la acera, sorprendiéndome de mi vista de lince que alcanzaba a ver los surcos de los baldosines.
Ni el humo consiguió alejarme de la realidad al oír las agudas risas que escapaban del prostíbulo de enfrente.

En aquella calle, debajo de las antiguas casas de típico barrio madrileño donde sólo viven ancianas con caniches, reinaba el mundo de la prostitución, extendido en uno…dos…cuatro…siete. Siete prostíbulos que aquella noche de martes ejercían su jornada con las luces de neón de sus puertas apagadas, pero la crueldad, el machismo y la explotación de jóvenes extranjeras encendidas. 

Aquellas risas eran llantos disfrazados de encajes etílicos que guardaban la vergüenza en forma de billetes. Y yo, fumando desde mi ventana envuelta en resignación e impotencia, sólo podía imaginar lo que ocurría tras aquellas puertas, sintiendo el dolor de todas las piernas abiertas a desdichados, cobardes y cerdos incoherentes.
Sabiendo que por la mañana tendría que pasar por esa, por mi calle. Mía… como es nuestro el sol o como es nuestro el aire. Tendría que dejar mis pasos en la amargura de la acera, andando sobre suelo mancillado por los que lo pisan ahora.

Miré la prendida punta del cigarrillo. Lo había dejado hacia abajo y el calor había consumido un largo tramo que me dolió no haber fumado. Sin perder la vista a la ceniza que dejé caer con un golpe seco de mis dedos, le di otra calada. La ceniza se disolvió antes de llegar al suelo. Ni siquiera ella quería morir en mi calle. Y es que esas mujeres de medias de rejilla y tacones de plástico, ya estaban muertas. Más muertas que la ceniza de un cigarro. 

Tras algunas caladas más dejé caer el filtro entre las yemas, yendo éste a parar encima del capó de un coche en el que apoyadas, fumaban cuatro de estas mujeres vendidas.

Ojalá mi calle estuviera a los pies las chicas de Sin City. Si Rosario Dawson en su magnífico papel de Gail tuviera en sus manos este barrio, yo no tendría que esconderme en la ventana para gozar de la compañía de mi fiel Marlboro.

¿Por qué fumo? Me pregunté mientras tentaba de nuevo con los dedos los ordenados cigarros pensando en besar a otro de nuevo. “Fumar mata” me recordó la cajetilla.¿Por qué fumo? Volví a preguntarme. Y sacando lentamente uno de ellos, disfrutando del roce que ejercía contra los demás, me di cuenta de que la única ventaja del fumador es que siempre tiene a alguien a quien coger de la mano cuando está solo. Y personificando al cigarrillo, el mejor amante de la soledad después de la locura, le hace el amor en cada calada, amor que se pierde en el humo, amor que se desvanece como debería hacerlo cualquier amor carnal. 

Y por ello, la acera de mi calle, entre prostíbulo y prostíbulo, estaba cada noche inundada de filtros sucios y aplastados. Lo único que las mujeres podían amar y olvidar, pisar sin ser pisadas, y hacer el amor con las piernas cerradas.